DOMÉSTICA

DVD, 2011

XVI Premio de Poesía Ciudad de Mérida

La poesía de Julio Rodríguez es moderna y, por lo tanto, clásica al mismo tiempo, es contenida y luminosa, sobria e incisiva, universal y, sin embargo, extrañamente familiar. Poesía en estado puro. Poemas sencillos, fulminantes, con vocación de transparencia, a veces rasgados por el arañazo del dolor y la muerte, pero siempre dispuestos a festejar la vida alrededor, a la celebración del ocio, del abrigo y también, por qué no, de la intemperie, del paso firme de los días y, sobre todo, del amor cotidiano y doméstico.

Muestra de poemas

Arena en los ojos

Pues si esto era la vida, si esta brecha

en mitad de la muerte era la vida,

si este escozor relámpago en los ojos,

si este sol en la boca,

si este soplo de brisa en la garganta,

si estas tremendas ganas de subirse a los árboles

eran la vida, entonces

¿para qué tanto escándalo,

tanto fruto prohibido,

tanta miel en los labios? ¿Para qué

el equipaje lleno hasta los bordes,

los domingos sin rastro, las miradas

de odio, el desaliento, los puñales,

los embustes, la bruma, los paraguas?

¿Por qué no me avisaron de que nada

era tan importante? ¿Para qué tanto miedo

al álgebra, a la luna, tanto amor asustado,

tanto dolor cargado a las espaldas?

Pues si esto era la vida,

lo cierto es que no había para tanto.

Elogio de tus pies

De acuerdo que tus pies no son bonitos

ni arqueados, ni duros, ni pequeños.

Admito que tus pies son más bien tristes,

son demasiado blancos, son muy fríos,

y lastiman el suelo a cada paso.

Tus pies no son bonitos,

de acuerdo que tus pies no son bonitos,

ni dóciles, ni suaves, ni perfectos.

Pero aguantan el peso de tu cuerpo y el mío.

Letras puras

Metiéndote en mi lado de la cama,

mientras tientas mi nuca

con cinco dedos como cinco orugas,

me preguntas por qué

prefiero las palabras a los números.

No tardo en contestarte (es tan sencillo

seguirte el juego): «Escucha: prefiero las palabras

porque no son exactas; porque hacen malabares,

porque nadie conoce sus entrañas ni puede

despejar la ecuación de su significado;

porque mi herida es distinta de tu herida,

al igual que mi casa, mi vértigo, mi muerte;

porque dicen tu nombre y es a la vez el nombre

de otras muchas mujeres. Porque la vida, en fin,

es algo impredecible y asombroso

(la precisión es mala cosa).

Por otro lado (ya deberías saberlo

a estas alturas), nunca

se me dieron muy bien las matemáticas».

Con esa ingravidez que te define

(los ojos entreabiertos del bostezo,

los dedos ya no orugas: mariposas),

das por buena la explicación, apagas

la luz y no hay palabras, ni números, ni falta

que hace cuando estamos en la cama.

 
Primera cicatriz

Mis abuelos vivían con nosotros en casa.

«Hace una hora que le oí toser

pero no imaginé lo que pasaba»,

repetía mi madre aquella noche

con un rastro de culpa en el acento

mientras mi abuela caminaba

de un lado a otro del pasillo

y mi padre arreglaba

las cosas por teléfono.

Mis hermanas y yo

conocíamos bien la enfermedad,

pues mi abuelo llevaba muchos años enfermo,

pero la muerte apareció de golpe,

una noche cualquiera apareció de golpe

con aquel aleteo transparente

sacudiendo el silencio

y toda su crudeza de avispero.

Y supimos entonces

que la muerte era eso:

la mariposa extraña y lenta

que daba vueltas por la casa

con aire de cometa nueva.

La muerte era una mala racha,

una polilla alrededor de aquella

felicidad de ser tan sólo niños

que nunca más volvió a cerrar sus alas.